En Píllaro, los jóvenes son los protagonistas

En la mayoría de culturas del mundo, la tradición de la creación de caretas ceremoniales es un asunto que se hereda y del que se encargan personas adultas, interesadas en que el saber no desaparezca.

Pero en Píllaro, un cantón de la Sierra centro del país, conocido por La Diablada, una de las fiestas populares más coloridas y simbólicas de Ecuador, son los jóvenes, incluso desde los 12 años, los que se han puesto a hombros la tarea de preservar y reivindicar un arte que habla de su identidad.

Agrupados en el colectivo cultural Minga, veinte chicos se dedican a estudiar los símbolos detrás de la Diablada y a  revitalizar el significado de una manifestación cultural que, a decir de Néstor Bonilla, uno de los fundadores del grupo, quedó relegada por el folclor y la promoción turística, que si bien ha hecho que cada año miles de personas lleguen hasta este rincón del país, también ha opacado esos significados que se construyen en el interior de las comunidades.

Porque los diablos de Píllaro no inundan las calles del pueblo del 1 al 6 de enero de cada año para burlarse de la santidad, ni tampoco para hacer culto a la maldad, tampoco para ser fotografiados, lo hacen en primer lugar para recordar la época de los Santos Inocentes o la Fiesta de Disfrazados, como era conocida en sus inicios, y porque detrás de una máscara se puede ser lo que el alma anhela, se puede ser rebelde, se puede transgredir el poder instituido. Se puede dignificar a través de la alegría.

Por ello, su trabajo no se queda solo en aprender la técnica del papel engomado para crear rostros que atemorizan con picardía, sus actividades se dividen entre los talleres de confección de caretas y demás indumentaria que un diablo pillareño requiere (coronilla, peluca y capa) y en gestionar los saberes comunitarios con la premisa de conocer, comprender y compartir esas ‘señas’ que conforman la identidad de un pueblo y que, por supuesto, van más allá de la fiesta.

En Tunguipamba, un barrio de Píllaro, trabajan con los vecinos para dar sentido a la historia y para demostrar que todos, desde los más pequeños hasta los ancianos, tienen un papel de importancia.

Rommel Medina, de 12 años, es el menor del grupo. Baila en la Diablada desde que recuerda, pero desde hace unos 6 meses que se hizo parte de Minga, sabe en realidad por qué lo hace, sabe que  existe una responsabilidad al llevar una máscara, sabe que debe cuidarla porque sus manos la crearon no solo como un objeto festivo, sino también como señal del lugar al que pertenece.

Va más allá de la herencia, o al menos de aquella que se transmite de padres a hijos, muchos de los que son parte del colectivo llegaron a vivir a Píllaro hace  pocos años. No obstante, sienten la necesidad de preservar la tradición y de reconstruirla, de mantenerla pero dotándola de elementos contemporáneos, para que sea una memoria viva, para que no se convierta en un museo de lo que fueron.

Y esa es precisamente la leyenda de una muestra itinerante de caretas que se armó en este año y con la que salieron de visita por el país: ‘Lo que fuimos, somos y seguiremos siendo’ fue el lema de un trabajo que agrupó a más de 50 caretas cargadas de historia, entregadas con afecto a familiares y amigos para que los diablos sigan estando vivos. 

Finalizamos con este video preparado por el Ministerio de Turismo:

Por Yadira Aguagallo

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