Industria cultural del Ecuador: De la utopía a la equidad

Entrevista con Juan Martín Kingman. El Administrador de Empresas, Músico y Productor que dedica gran parte de sus años al incentivo de formar una sociedad cultural ecuatoriana.

Conservar el patrimonio de su abuelo, Eduardo Kingman, pintor ecuatoriano nacido en la ciudad de Loja, fue el objetivo de Juan Martín a la edad de 24 años (1997). “El arte de la calidad que él hizo implica excelencia” son las palabras con las que describe su dedicación de varios años a la Fundación Kingman La Casa Museo que formó junto a su familia. En aquel momento (2001), acababa de cursar una maestría en Administración de Empresas, sin embargo, la afectación que sintió al ver que el arte de E. Kingman no logró ser finalmente patrimoniado en la casa que creció junto a su abuelo, por motivos familiares y económicos, fueron los elementos que determinaron una vida de la mano del arte y enfocada al rescate cultural ecuatoriano en diferentes espacios que hasta ahora mantiene su convicción.

Describe a su abuelo como una persona trabajadora y de sensibilidad excepcional, a pesar de las depresiones que lo sumían en el alcohol. Recuerda que su abuelo solía contarle que al llegar a la Capital (Quito) junto a su madre y hermanos, motivado por grandes representantes del arte de la época como los mexicanos Clemente Orozco y Diego Rivera, decidió ausentarse de las clases de Contabilidad en su colegio para dedicar horas al Conservatorio de la ciudad como veedor, que en definitiva se consagró como su otra escuela para llegar a ser artista plástico de renombre que dio a su familia un gran legado. J.M. Kingman mantiene fresco el recuerdo en su lienzo de memorias, que a la edad de diez años acompañó a su abuelo para ser galardonado por el Presidente de la República de aquel entonces en el Salón Amarillo del Palacio de Gobierno ecuatoriano.

“Tuvo una vida de mucho esfuerzo” enfatiza, y hace referencia al indigenismo que inspiró gran parte de las obras de su abuelo y que marcaron además una escuela en el país, de donde surge Oswaldo Guayasamín (reconocido pintor ecuatoriano) quien fue además su alumno. “Mi abuelo fue un hombre galardonado con el premio Eugenio Espejo recuerda, y con un libro de memorias en mano muestra el extenso currículum de Eduardo Kingman, construido por sus experiencias en Ecuador y en varios países a los que viajó en su carrera como pintor. Al hablar del momento de la muerte de su abuelo, a quien llama “mi viejo”, describe la desesperación que sintió en su funeral en 1997, al ver que su casa denominada La Posada de la Soledad estaba repleta de personas, 300 asistentes. “Nosotros somos personas solitarias y necesitamos espacio” es la frase que revela el sentimiento que invadió en aquel momento a Juan Martín, y aunque lo recuerda como un momento sumamente triste, también lo describe como de alegría al darse cuenta de lo que su abuelo había logrado.

Los siguientes años después de la muerte de su abuelo, marcaron la insistencia en perdurar sus obras en el proyecto Archivo Kingman que inició años atrás. “En la vida de alguien que te deja algo, llamado ‘legado’, es muy importante” continúa, resaltando la herencia artística y cultural que dejó a la familia.

Empero, ¿por qué no decidió J. M. Kingman estudiar una carrera relacionada al legado de su abuelo?. Viajó al extranjero para estudiar Ingeniería de Sonido, pero circunstancias personales y heredadas del alcohol, además de las económicas, le obligan a retornar al país para formarse en Administración de Empresas con una beca.

“El arte me llegó después de dejar el alcohol” recapitula, y esta transición es la que determina una vida posterior de emprendimientos y lucha para mejorar, desde su perspectiva, la industria cultural en el Ecuador. Su objetivo siempre fue emprender, necesitaba tener una empresa, y es así como nace su actual Productora que busca incentivar a los artistas ecuatorianos. Más que una oportunidad, esta fue una decisión que germina su experiencia laboral en grandes empresas privadas nacionales, a pesar de que entre sus emprendimientos también estuvieron otros pequeños negocios como la venta de sánduches. Sin embargo, su objetivo estuvo siempre enfocado al arte y en este momento da fuerza a su Productora de donde nace BROK, grupo musical ecuatoriano en el que funge como vocalista, y a lo que sí considera una oportunidad.

Fue en el año 2013, donde existe un momento de quiebre aún más profundo con su familia al ser expulsado de la Fundación de su abuelo, aunque no ha dejado de interesarse y seguir promoviendo su legado que actualmente se resume en la tenencia de una serie de pinturas y libros de exposición, que alberga en el mismo edificio donde funciona su empresa. De no haber existido esta situación que lo exilia de alguna manera de su herencia, Juan Martín habría impulsado aún más la preservación patrimonial de su abuelo, hubiese seguido en su perseverancia y quizá pasado a un segundo plano su proyecto musical y su Productora. “Es una responsabilidad y un cariño enorme a mi abuelo” asiente.

Transcurren los años y añade un nuevo elemento que considera fundamental a sus propósitos: ‘La Kombi’, el Volkswagen del año ‘78, que se convierte en la relación que le queda de la permanente lucha de preservar el legado de su abuelo y que además nace con su banda musical. “Es la identidad de BROK, es libertad y humildad” describe, y la define como la continuidad de la libertad que pretendió tener en los años dedicados al arte de Eduardo Kingman. Haciendo referencia al contexto social ecuatoriano, resume la “complicada niñez y juventud” que vivió, como la “inmadurez social de una cultura idiosincrática”.

“La influencia de mi abuelo paterno: el pintor Kingman, y la de mi abuelo materno: el profesor de matemática, es lo que me hace artista” precisa, a lo que agrega que BROK fue una suerte de terapia. Criado por un abuelo que hablaba en colores y por un cholo ibarreño, llamado ‘pituco’, el Ingeniero Civil inclinado a la derecha política ecuatoriana, fueron sus influjos a una “autogestión”.

El entorno cultural y social del país es lo que obliga a Juan Martín a buscar un mercado “más preparado” que lo encuentra en Argentina, y que su experiencia define como más avanzada en el tiempo en lo que denomina “autogestión cultural”. La industria del entretenimiento alberga varias industrias, explica, entre ellas la cultural que permite personalizar la definición al tipo de expresión que se tiene en los países andinos. “Ecuador no tiene nada cercano siquiera a industria” enfatiza, refiriéndose al estudio que realizó durante casi un año y medio, y que finalmente lo motiva a plantear un proyecto de PhD en el Ecuador sobre el tema. “La solución al problema industrial cultural en Ecuador está en los precios que tiene el artista nacional” puntualiza, abarcando al problema en el denominado “sector económico cultural pequeño” relacionado a la música, al teatro y al entretenimiento que no rebasa la barrera de sector precisamente. “Ecuador tiene agentes y elementos suficientes para llamarse sector” describe en su análisis industrial a manera general, y es como aborda el contexto actual de la industria con las instituciones públicas y privadas nacionales.

Argentina se convierte en su referente al viajar con BROK en el 2009, donde encuentra otro componente de industria – masiva – con producciones en serie y espacios públicos para la música. “En Ecuador lamentablemente no gusta la música nacional, no gustan los shows” precisa, adicionando que no existen en el país industrias culturales con sectores definidos como el del tango en Buenos Aires. “En el país existen muchos tipos de músicos que no generan los sectores culturales que necesitamos” argumenta.

Para Juan Martín prima la carencia de oferta y demanda ecuatoriana a nivel macro, que no permitirá forjar un industria cultural con la visibilización de apoyos institucionales. Actualmente, en Ecuador se impulsa un nuevo proyecto de Ley denominado ‘INGENIOS’ que busca proteger los Derechos de Autor, proceso en el que pretende participar con la apreciación del performance en general.

Su propuesta central es generar los espacios para la música en vivo, pero no para conseguir conciertos sino para superar los arraigos sociales culturales de la oferta y demanda ecuatoriana. Kingman considera que para visibilizarse como sector son necesarias las estadísticas, y a pesar de que en el país exista una Sociedad de Gestión Colectiva llamada SAYCE (Sociedad de Autores del Ecuador) no se provee información pública para sus socios. “Somos valiosos para el futuro y para la expresión del país” puntualiza, aludiendo a la idiosincrasia nacional que ha pretendido buscar esos espacios sin tomar en cuenta los debates. Además su enfoque va más allá de su Productora y de su banda musical, pues ambiciona participar en esta transición con sus proyectos, entre ellos adentrarse en la Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, donde su abuelo fue influencia y cofundador.

Juan Martín Kingman no pretende darse por vencido, para algún momento lograr que los artistas vivan del arte que actualmente el entorno no lo permite. Para esto, plantea un nuevo entorno basado en una oferta y demanda activas que supere la unidireccionalidad a la función orgánica que necesita. Analiza la situación económica actual en la dicotomía de las importaciones que considera afectan a la ejecución de producciones artísticas, a lo que añade la problemática de eventos de ‘precio cero’ (gratuitos) que deja por debajo de la apreciación cultural al artista. Su convicción adelanta a sus objetivos previendo que van a existir mejoras en los precios de entrada a los eventos, apoyado en el nuevo proyecto de Ley que lo ve como una oportunidad. “La demanda debería apoyar a sus bandas nacionales” menciona, con un entorno ideal abarcado en dos proyectos: por un lado el antropológico, social y cultural que incentive la demanda; y por el otro, el técnico que mejore la oferta. “La demanda es tan deprimida que la oferta es aún muy baja” acota.

Juan Martín revela que al estudio de su Productora han acudido bandas que buscan identidad, pero evalúa un nuevo problema: el uso errado de las herramientas comunicacionales, como la venta artística a través de las redes sociales, opacando el propósito de su proyecto. Frente a esto, defiende que la música en vivo es la oportunidad a la que los músicos ecuatorianos deberían apuntar para economizar gastos en las producciones audiovisuales en estudios. Analiza que el problema está en el tiempo invertido en los ensayos de las bandas en vivo que aún no son conocidos por la escaza demanda ecuatoriana. “El momento en que una banda ecuatoriana llene un estadio estaremos superando el problema” señala.

Su experiencia en la música surge de la práctica con BROK, lo que le ha permitido tener los conocimientos y acercamientos hacia esta cultura. Práctica que considera su primer aporte a la transición de la utopía hacia la realización de la sociedad de cultura y a la industria cultural, basadas en la equidad de oferta y demanda en un nuevo entorno social. “Para sumar aportes a la transición necesitamos el marco legal que sustente nuestros objetivos para el futuro” finaliza, con la convicción de que el cambio se puede lograr en trabajo conjunto con la institucionalidad, la sociedad civil y la industria.

A Juan Martín Kingman lo constituyen varios años de vivencias personales y profesionales, e invade una necesidad propia envuelta en una sociedad idiosincrática – como la define – para superar las prácticas culturales que han significado un “nulo aporte” para lograr una industria cultural nacional. Su ímpetu es la fortaleza que no inhibe a sus objetivos de transmutar de una utopía, y de ser parte de la transformación cultural que necesita el país. Actualmente sigue con sus emprendimientos, pero continúa en permanente búsqueda de nuevos desafíos y proyectos que lo convierten en un personaje de la cultura ecuatoriana.

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